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Experiencia comunitaria en el mundo de la empresa

21 Feb

Al hablar de comunidad asociamos la idea a un tipo de unión que involucra un conjunto de emociones compartidas pero, usualmente, se piensa en aspectos paroxísticos como las comunidades religiosas, la mafia, los grupos de amigos o aficionados, etc..

Sin embargo se olvida que en el mundo intelectual y de los negocios entra igualmente en juego ese binomio. Obviamente en estos espacios diferentes podemos hallar distintos grados de pertenencia, tipos de reglas y formas de fidelidad que son heterogéneas. Los grupos siempre están sujetos a variaciones y no es lo mismo un grupo que se ha establecido por voluntad o afinidad propia, que uno que se ha conformado a la luz de un objetivo que no es suyo, al menos en primera instancia.

Pensar que una empresa es un tipo de comunidad emocional puede resultarnos extraño, puesto que las personas que se reúnen bajo el techo de una determinada organización empresarial difícilmente lo hacen para compartir emociones. No obstante, es difícil que los sujetos se sustraigan a los estados emocionales en el momento del trabajo, ya sea de las emociones de su vida privada como aquellas que puede suscitar la relación con los compañeros o las tareas que se llevan a cabo. Sea como fuere, los grupos de trabajo siempre generan pautas de comportamiento, de afinidad, rechazo, solidaridad, indiferencia o colaboración. Podríamos llamar al conjunto de todas ellas: ethos.

Ahora bien, si partimos de la idea de que los grupos sólo son la suma que se da en un conjunto de individuos, el resultado que obtendremos será un ethos individualista que se mantiene junto por una fuerza compulsiva.

Al percibir con atención este patrón formativo-interpretativo de las organizaciones, veremos cómo va siendo dejado de lado a favor de una evolución al respecto. Por ejemplo los agrupamientos productivos como el de Sillicon Valley, dejan de manifiesto que la tendencia comunitaria no va reñida con la alta operatividad, ya sea tecnológica o económica. Si tomamos en cuenta algunos de los estudios al respecto, como el sociólogo francés A. Berque, notamos cómo se puntualiza esta cuestión. Berque habla del ‘grupismo’, que a pesar de ser un término poco adecuado para nuestra legua, puede mostrarnos algunas ideas interesantes, especialmente cuando puntualiza que: el’ grupismo’ difiere del gregarismo en cuanto cada uno de los miembros del grupo, de forma consciente o no, se esfuerza por conseguir objetivos comunes para el interés del grupo y no sólo se refugia en él. Este concepto subraya la fuerza del proceso de identificación, tanto a nivel macro (como puede ser la empresa en sentido general), como a nivel micro (el grupo de trabajo que funciona en el seno de la organización), de lo que es común a todos. Al mismo tiempo la propuesta conceptual de Berque permite salir del fetiche imperante, especialmente en la esfera de la economía, de un cierto narcisismo individualista y forzar las trampas de la privacy a favor de un sentimiento que se asienta sobre el espacio compartido o espacio común.

Esta forma de realización comunitaria puede ser imperfecta, pero no por ello deja de encarnar una alternativa a la puesta en acción de los sentimientos y objetivos comunes, que actúan en beneficio de todos.

 

Filoempresa: Godofredo Chillida+Gabriela Berti.

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