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¿HACEMOS LO QUE DEBEMOS?

21 Jun

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Hay días en los que nos sentimos desbordados por el trabajo, días en los que no vemos el final de la jornada o días que se nos presentan tan poco atractivos como el primero después de regresar de unas merecidas vacaciones. Pero, cuántas veces nos preguntamos por el motivo de esta sensación y, aún es más, cuantas veces somos capaces de dar una respuesta que no culpabilice a otros o a las circunstancias laborales.

La verdad es que en la mayoría de ocasiones la respuesta es tan simple que nos da pudor reconocerla. No queremos afirmar que estamos desbordados, agotados y desubicados porque no hemos hecho lo que debíamos hacer, ni tan siquiera hemos afrontado la tarea con la actitud necesaria para superarla sin que se convierta en un trauma de difícil superación.

Pero aún nos quedaría dar un paso más en la búsqueda de las razones que nos impiden hacer lo que debemos. Si nos detenemos un instante y tomamos la perspectiva necesaria para realizar un análisis muy básico, nos cercioraremos de que solemos zafarnos de nuestras responsabilidades porque:

– Desconocemos como afrontar la cuestión y, además, somos incapaces de reconocerlo y pedir la colaboración de alguien más experto o bien buscar los recursos que nos hagan salir del estancamiento. Por eso hay ocasiones en las que no obtenemos las metas marcadas, debido a que se han medido mal nuestras capacidades y a que tenemos que replantear el modo de obtener esa meta, para que no suponga un fracaso personal o una queja externa.

– Estoy convencido de que puedo conseguir todo por mí mismo, sin valorar el apoyo del equipo que me rodea, por lo que desarrollo una imagen distorsionada de mí mismo que no tiene nada que ver con la realizar organizacional que me rodea. Por tanto, si creo que puedo abarcar todo el trabajo que desee, sin prestar atención a la calidad del resultado, se puede derivar hacia una frustración personal y/o una perdida de confianza por parte del resto de los miembros del equipo.

– Carecemos de la suficiente auto-confianza para llevar a cabo la tarea, replegándonos sobre nosotros y dedicándonos a inventar excusas sin sentido que nos hunden más en la in-acción.

– Estamos seguros de que no poseemos el conocimiento necesario para liberarnos del trabajo de manera satisfactoria, incluso no logramos entender por qué debemos afrontarlo.

– Damos por hecho que no obtendremos la recompensa que corresponde a nuestro esfuerzo, lo que nos hace estar subceptibles a cualquier gesto que intuyamos que va en contra de nuestros deseos y espectativas. Por eso, a veces, deseamos hacer menos de lo que podemos pero buscando la obtención del mayor rédito, escatimando esfuerzos y evitando cualquier actitud diligente.

– Tenemos miedo a equivocarnos y para evitarlo retrasamos al máximo nuestra actividad entrando en un estado de proscratinación que, a la larga, nos hace sentirnos inútiles y sin capacidad de decisión.

Tener presentes algunos de estos motivos, y reconocerlos como nuestros, puede ser un buen comienzo para agilizar nuestra planificación de tareas y nuestra auto-evaluación de resultados, lo que sin duda aumentará tanto la propia autonomía como la capacidad de inter-acción con el resto de compañeros y gestores de la orgnización, al verlos como miembros del mismo contexto en el que yo desempeño mis funciones y asumo mis resposabilidades.

Este tratamiento del carácter deontológico individual está inspirado en la propuesta del filósofo canadiense Dave Pollard

Filoempresa: Godofredo Chillida + Gabriela Berti.

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